Archivos Mensuales: octubre 2013

El nacimiento de Santiago

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Si Santiago hablara nos preguntaría que dónde está, que por qué esas paredes que observa están pintadas de colores intensos y qué es lo que suena allí arriba de su cuna. Tal vez se inquietaría al escuchar esos monótonos ruidos de autos y camiones que circulan constantemente cerca del edificio donde vivimos –en una céntrica calle de la ciudad– y se preguntaría por qué sus motores no se dignan en darnos una tregua para el sosiego.

Si Santiago pudiera expresarse con palabras, nos preguntaría que quién es esa niña que se trasnocha para darle besos en la frente y todos los días se levanta muy temprano para hablarle al oído y decirle, en su lenguaje, que es un bebé maravilloso y qué está orgullosísima de ser su hermana. Se preguntaría quién es esa niña que, creemos nosotros, estará pensando que él ha sido el mejor regalo que la vida le ha dado.

Este, sin duda, debe ser un mundo muy extraño para un recién nacido como Santiago, acostumbrado durante casi nueve meses a la comodidad del vientre materno; un mundo tan perfecto que ni el más exclusivo de los ambientes, aquí afuera, podría imitar.

Debe ser por eso que cuando despierta, mira extrañado ese mundo que le es poco familiar, como tratando de entender quiénes somos nosotros; quién es esa niña que revolotea a su lado y lo llena de juguetes por todas partes; quién es esa mascota –el gato Rambito– que lo mira extrañado y que también se está adaptando al nuevo miembro de la familia; y qué son esas luces que lo encandilan en las noches y que le impiden ver el mundo con mayor claridad.

Su mirada curiosa, pero a la vez inocente y tranquila, nos hace pensar que Santiago intenta entender ese mundo que le es nuevo, mientras encuentra en el pecho de su madre esa serenidad que solo ella le puede ofrecer.

***
Ya han pasado 13 días desde que Santiago nació en la Clínica del Prado, de Medellín, un centro especializado en maternidad donde ha venido a este mundo un buen porcentaje de los paisas que han nacido en esta ciudad en los últimos 25 años.

El 17 de septiembre, a las 12:09 de la madrugada, Santiago dio sus primeros gemidos y nos anticipó una celebración que nosotros teníamos planeada para los últimos días del mes.

Todo ocurrió tan rápido que no alcanzamos a reaccionar cuando el médico general, en un chequeo de rutina, le dijo a Cristina que el bebé estaba próximo a nacer y que, posiblemente, su alumbramiento no pasaría de esa semana. Entonces le ordenó hacerse un control en la Clínica del Prado, de cuyos resultados dependería que fuera internada inmediatamente en ese lugar para comenzar el proceso de parto.

Todo fue tan sorpresivo que ese lunes, como de costumbre, Cristina salió a trabajar, a pesar de los molestos dolores que había sentido durante el fin de semana y que en los últimos días del embarazo se le habían intensificado. Yo hice lo mismo, sin que se me pasara por la mente en las primeras horas de ese día, que esa noche estaría sentado al lado de un puesto de información, esperando que el reloj diera vueltas y que algún empleado de ese hospital de guerra mencionara mi nombre para confirmar que todo había salido bien.

A las 4:30 p.m. sonó el celular y supe, con sorpresa, que Santiago ya estaba en camino. Quise pensar que era solo una falsa alarma y que esperaría unos días más en nacer, tal vez después de que terminara la Fiesta del Libro, donde teníamos un stand de la revista digital y debíamos permanecer atentos. Pero como lo he venido escuchando desde entonces: los hijos no nacen cuando uno quiere sino cuando ellos deciden.

Pasaron poco menos de dos horas para que Cristina me confirmara que, efectivamente, el trabajo de parto había comenzado, que ya había ingresado los documentos a la clínica y que en cualquier momento debía ser internada. -¿Cambiarse de clínica? Bajo su propio riesgo- le advirtieron los médicos. Santiago nacería en esa clínica donde los padres parecen unos intrusos y se acostumbra llamar a los familiares por un micrófono que parece de supermercado. Mientras tanto yo daba vueltas por la Fiesta del Libro tratando de ubicar a la abuelita en su celular para que acompañara a Mafe mientras yo intentaría infiltrarme en el hospital para estar al tanto de lo que ocurriera con Cristina y el niño.

El tiempo corría lento y la espera se hacía cada vez más larga, mientras avanzaba la noche. Ya eran las once y no sabía nada de lo que estaba ocurriendo allí adentro, en uno de esos cuartos de cirugía donde entran y salen madres cada 20 minutos. A las 12 p.m. el cansancio empezaba a vencer y más gente abandonaba la clínica, y aquellos que insistíamos en quedarnos tratábamos de acomodar nuestros cuerpos en los incómodos asientos del lugar.

¿Qué estaría ocurriendo allí adentro? Cualquier mujer que haya sido madre sabrá que el dolor es más que insoportable y que ni el más fuerte de los hombres alcanzaría a tolerar todo el dolor que ellas sienten durante un parto. No tendría por qué ser yo la excepción y debía conformarme con saber que todo estaba saliendo bien.

A las 12:38 p.m. el vigilante preguntó por el “acompañante” de la señora Cristina Hinojosa. Medio aturdido llegué al mostrador y el hombre me dijo: –¿es usted el acompañante de Cristina? –Sí– le respondí. –El niño acaba de nacer y tanto la madre como el pequeño están bien. A esta hora están acomodando al niño para pasárselo a la mamá y una vez se alimente, usted puede pasar a conocerlo.

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Tuve que esperar una hora y media más para poder pasar a la sala de obstetricia, ubicada en el segundo piso de la clínica, al final de un solitario pasillo, tocar la puerta y esperar a que alguien quisiera atenderme para contarle que yo era el papá del último niño –quién sabe entre cuantos– que acababa de nacer. -¿Es usted el papá de Santiago? Ya se lo traen- dijo una de las médicas que atendían a esa hora a varios pequeños que no dejaban de llorar.

Dos minutos después uno de los médicos abrió la puerta y sin saludar siquiera me entregó al bebé y me dijo, con voz muy seca: –felicitaciones.

Lo tomé con cuidado, con la experiencia de un padre que carga a su segundo hijo; lo besé en la frente y lo saludé con un fuerte ¡Santiago! Dormía plácidamente y seguramente ni se había percatado que ya había salido de la barriga de la mamá. No sentí temor de su fragilidad ni de que hubiera llegado a este convulsionado mundo, como sí lo sentí cuando vi nacer a Mafe, cinco años atrás. Desde ese momento una nueva historia comenzaba para él y para todos en la familia.

Pasaron dos horas más –casi a las 5 a.m. – para que me permitieran entrar al cuarto donde se encontraba Cristina y el niño. Ya, un poco más reposada y con la tranquilidad que produce saber que tu hijo está bien, pude conversar en calma con ella, conocer de su propia experiencia lo que es estar en una sala de partos en medio de un dolor insoportable y de todas esas otras cosas que ocurren en una sala de partos y de las que uno prefiere no pensar.

Pero, más allá de cualquier comentario, de cualquier anécdota brutal que una madre pueda contar luego de pasar por esa experiencia, hoy, 13 días después, recuerdo con plena nitidez el rostro de inmensa felicidad de Cristina mientras abrazaba al pequeño Santiago e intentaba alimentarlo. Pocas veces la he visto tan feliz como en ese instante, con nuestro hijo entre brazos y la certeza de que pronto estaríamos en la casa, disfrutando de la felicidad de Mafe por la llegada de su nuevo hermanito.

Por fortuna la historia, esta vez, también tuvo un final feliz.

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