El bebé y los gases…

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Por DANIEL SAMPER PIZANO

Acaba de publicarse en España (Editorial Espasa) el libro ‘Parapapá’, formidable tratado de pediatría pensado para ayudar a los padres, cuyos autores somos el doctor Jorge Maronna, miembro de ‘Les Luthiers’, y quien firma esta columna. Es la cuarta obra que publicamos con Maronna y, modestia aparte, la consideramos indispensable para los papás, que nunca recibieron la preparación para criar hijos que se da a las madres. Transcribo el capítulo correspondiente a “El bebé y los gases”. DSP.

Básicamente, los bebés son máquinas de soltar gases.

El día que alguna empresa imaginativa descubra el tesoro energético que encierran los gases del bebé, estos empezarán a competir con la producción de energía hidráulica, térmica y nuclear. Ciertamente, los gases de un solo bebé no podrían desplazar un barco de papel. Pero los de millones de bebés, debidamente conducidos y reunidos, serán capaces de mover trasatlánticos, mantener en combustión los altos hornos de acerías, e iluminar ciudades.

Investigaciones descritas por el romano Tulius Flátulus en su tratado De ‘expansionis pueri tripae’, y confirmadas en el siglo XIX por el fisiólogo noruego Peer Petersen, demuestran que el bebé expele en masa de gases 2,6 veces la comida ingerida. Significa ello que si un bebé consume 100 gramos de papilla en una comida, producirá 260 gramos de gases.

En términos generales, los bebés expulsan los gases de dos maneras:
a)Por arriba.
b)Por abajo.

Los de arriba reciben con orgullo la denominación de “gases superiores” o “nobles”, mientras los otros esperan impacientes su oportunidad de ascender en la escala anatómico- social.
Es importante que los papás ayuden al bebé a liberarse de los gases que, según el francés Pierre Gastón Degás, hermano del célebre pintor, constituyen el 86 por ciento de su cuerpo. Se trata de una típica labor paterna, pues, como antiguos bebés que también son, los padres disfrutan muchísimo con los simpáticos gases de sus bebés, y algunos papás incluso compiten con los niños en la gástrica tarea. No siempre ganan los papás, debemos decirlo, pues los bebés nacen cada vez más corpulentos y fornidos: ¡hay cada pedazo de bebé!

Baby Pooping       Gas          Peeing Baby Fart Bounce

El papá debe insistir en que el bebé ingiera pocos alimentos gasificantes. Conviene recordar el episodio que ocurrió al pequeño huérfano vasco Iván Iñaki Zubizarreta Goñi, de Gastéiz, que, a falta de leche materna, fue alimentado durante dos meses con una dieta a base de fríjoles y coles. El 22 de noviembre de 2004, a las 8:40, mientras el pequeño dormía, un poderoso cuesco lo elevó de su cuna y lo propulsó por los cielos con formidable rapidez. Sonriendo, y sin haberse enterado de su imprevisto viaje, el bebé despertó minutos después muy lejos de su ciudad. Los periódicos informaron que el pequeño, “impulsado por los vientos”, había aterrizado “en los alrededores de Bilbao”, aunque en realidad los testigos mencionaban “un vil vaho alrededor”.

Para ayudar a que el bebé expela los gases, basta con alzarlo durante dos o tres horas, preferiblemente en la madrugada, y pasearlo por la habitación mientras se le canturrean tonterías en voz baja. El bebé tiene un particular sentido del humor estomacal y cuando el padre, trasnochado y exhausto, quiere que expulse sus ventosidades, se niega a obedecer. En cambio, adora hacerlo de manera estentórea en un ascensor repleto, durante la visita del señor obispo o el examen del pediatra, término que, paradójicamente, no tiene relación alguna con el tema que nos ocupa.

Las inesperadas explosiones, sin embargo, son celebradas por los adultos con jubilosas muestras de diversión. Estimulado por los aplausos y festejos a su expresividad eólica, el bebé prosigue eructando y peyendo con entusiasmo y ostentación, hasta que, cierto día, estas manifestaciones que antes concitaban la risa general reciben como respuesta un regaño o, incluso, el castigo de una palmada que le produce llanto. Se trata, entonces, del clásico efecto del gas lacrimógeno.

En ese punto el bebé sabe que ha dejado de ser bebé, y deberá esperar hasta tener su propio hijo para volver a divertirse con una función corporal que, viéndola bien -y, aún más, oyéndola-, resulta graciosísima. Es el clásico efecto del gas hilarante.

FUENTE: Daniel Samper Pizano http://www.danielsamperpizano.com/category/postre/  del 25.04.2008

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