El nacimiento de Santiago

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Si Santiago hablara nos preguntaría que dónde está, que por qué esas paredes que observa están pintadas de colores intensos y qué es lo que suena allí arriba de su cuna. Tal vez se inquietaría al escuchar esos monótonos ruidos de autos y camiones que circulan constantemente cerca del edificio donde vivimos –en una céntrica calle de la ciudad– y se preguntaría por qué sus motores no se dignan en darnos una tregua para el sosiego.

Si Santiago pudiera expresarse con palabras, nos preguntaría que quién es esa niña que se trasnocha para darle besos en la frente y todos los días se levanta muy temprano para hablarle al oído y decirle, en su lenguaje, que es un bebé maravilloso y qué está orgullosísima de ser su hermana. Se preguntaría quién es esa niña que, creemos nosotros, estará pensando que él ha sido el mejor regalo que la vida le ha dado.

Este, sin duda, debe ser un mundo muy extraño para un recién nacido como Santiago, acostumbrado durante casi nueve meses a la comodidad del vientre materno; un mundo tan perfecto que ni el más exclusivo de los ambientes, aquí afuera, podría imitar.

Debe ser por eso que cuando despierta, mira extrañado ese mundo que le es poco familiar, como tratando de entender quiénes somos nosotros; quién es esa niña que revolotea a su lado y lo llena de juguetes por todas partes; quién es esa mascota –el gato Rambito– que lo mira extrañado y que también se está adaptando al nuevo miembro de la familia; y qué son esas luces que lo encandilan en las noches y que le impiden ver el mundo con mayor claridad.

Su mirada curiosa, pero a la vez inocente y tranquila, nos hace pensar que Santiago intenta entender ese mundo que le es nuevo, mientras encuentra en el pecho de su madre esa serenidad que solo ella le puede ofrecer.

***
Ya han pasado 13 días desde que Santiago nació en la Clínica del Prado, de Medellín, un centro especializado en maternidad donde ha venido a este mundo un buen porcentaje de los paisas que han nacido en esta ciudad en los últimos 25 años.

El 17 de septiembre, a las 12:09 de la madrugada, Santiago dio sus primeros gemidos y nos anticipó una celebración que nosotros teníamos planeada para los últimos días del mes.

Todo ocurrió tan rápido que no alcanzamos a reaccionar cuando el médico general, en un chequeo de rutina, le dijo a Cristina que el bebé estaba próximo a nacer y que, posiblemente, su alumbramiento no pasaría de esa semana. Entonces le ordenó hacerse un control en la Clínica del Prado, de cuyos resultados dependería que fuera internada inmediatamente en ese lugar para comenzar el proceso de parto.

Todo fue tan sorpresivo que ese lunes, como de costumbre, Cristina salió a trabajar, a pesar de los molestos dolores que había sentido durante el fin de semana y que en los últimos días del embarazo se le habían intensificado. Yo hice lo mismo, sin que se me pasara por la mente en las primeras horas de ese día, que esa noche estaría sentado al lado de un puesto de información, esperando que el reloj diera vueltas y que algún empleado de ese hospital de guerra mencionara mi nombre para confirmar que todo había salido bien.

A las 4:30 p.m. sonó el celular y supe, con sorpresa, que Santiago ya estaba en camino. Quise pensar que era solo una falsa alarma y que esperaría unos días más en nacer, tal vez después de que terminara la Fiesta del Libro, donde teníamos un stand de la revista digital y debíamos permanecer atentos. Pero como lo he venido escuchando desde entonces: los hijos no nacen cuando uno quiere sino cuando ellos deciden.

Pasaron poco menos de dos horas para que Cristina me confirmara que, efectivamente, el trabajo de parto había comenzado, que ya había ingresado los documentos a la clínica y que en cualquier momento debía ser internada. -¿Cambiarse de clínica? Bajo su propio riesgo- le advirtieron los médicos. Santiago nacería en esa clínica donde los padres parecen unos intrusos y se acostumbra llamar a los familiares por un micrófono que parece de supermercado. Mientras tanto yo daba vueltas por la Fiesta del Libro tratando de ubicar a la abuelita en su celular para que acompañara a Mafe mientras yo intentaría infiltrarme en el hospital para estar al tanto de lo que ocurriera con Cristina y el niño.

El tiempo corría lento y la espera se hacía cada vez más larga, mientras avanzaba la noche. Ya eran las once y no sabía nada de lo que estaba ocurriendo allí adentro, en uno de esos cuartos de cirugía donde entran y salen madres cada 20 minutos. A las 12 p.m. el cansancio empezaba a vencer y más gente abandonaba la clínica, y aquellos que insistíamos en quedarnos tratábamos de acomodar nuestros cuerpos en los incómodos asientos del lugar.

¿Qué estaría ocurriendo allí adentro? Cualquier mujer que haya sido madre sabrá que el dolor es más que insoportable y que ni el más fuerte de los hombres alcanzaría a tolerar todo el dolor que ellas sienten durante un parto. No tendría por qué ser yo la excepción y debía conformarme con saber que todo estaba saliendo bien.

A las 12:38 p.m. el vigilante preguntó por el “acompañante” de la señora Cristina Hinojosa. Medio aturdido llegué al mostrador y el hombre me dijo: –¿es usted el acompañante de Cristina? –Sí– le respondí. –El niño acaba de nacer y tanto la madre como el pequeño están bien. A esta hora están acomodando al niño para pasárselo a la mamá y una vez se alimente, usted puede pasar a conocerlo.

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Tuve que esperar una hora y media más para poder pasar a la sala de obstetricia, ubicada en el segundo piso de la clínica, al final de un solitario pasillo, tocar la puerta y esperar a que alguien quisiera atenderme para contarle que yo era el papá del último niño –quién sabe entre cuantos– que acababa de nacer. -¿Es usted el papá de Santiago? Ya se lo traen- dijo una de las médicas que atendían a esa hora a varios pequeños que no dejaban de llorar.

Dos minutos después uno de los médicos abrió la puerta y sin saludar siquiera me entregó al bebé y me dijo, con voz muy seca: –felicitaciones.

Lo tomé con cuidado, con la experiencia de un padre que carga a su segundo hijo; lo besé en la frente y lo saludé con un fuerte ¡Santiago! Dormía plácidamente y seguramente ni se había percatado que ya había salido de la barriga de la mamá. No sentí temor de su fragilidad ni de que hubiera llegado a este convulsionado mundo, como sí lo sentí cuando vi nacer a Mafe, cinco años atrás. Desde ese momento una nueva historia comenzaba para él y para todos en la familia.

Pasaron dos horas más –casi a las 5 a.m. – para que me permitieran entrar al cuarto donde se encontraba Cristina y el niño. Ya, un poco más reposada y con la tranquilidad que produce saber que tu hijo está bien, pude conversar en calma con ella, conocer de su propia experiencia lo que es estar en una sala de partos en medio de un dolor insoportable y de todas esas otras cosas que ocurren en una sala de partos y de las que uno prefiere no pensar.

Pero, más allá de cualquier comentario, de cualquier anécdota brutal que una madre pueda contar luego de pasar por esa experiencia, hoy, 13 días después, recuerdo con plena nitidez el rostro de inmensa felicidad de Cristina mientras abrazaba al pequeño Santiago e intentaba alimentarlo. Pocas veces la he visto tan feliz como en ese instante, con nuestro hijo entre brazos y la certeza de que pronto estaríamos en la casa, disfrutando de la felicidad de Mafe por la llegada de su nuevo hermanito.

Por fortuna la historia, esta vez, también tuvo un final feliz.

¡Gracias Mery!

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Mery y yo nos conocimos el 27 de enero de 2009.  Yo tenía poco más de tres meses y ella sería quien me cuidaría en casa de los tíos Pepe y Elva mientras mis papás trabajaban.

Mery me llevaba al parque a jugar con otros niños, me daba mi comida, jugaba conmigo.  Me regaló un perrito cantante y una muñeca que hoy la tengo destrozada de tanto jugar con ella. Mery se reía mucho conmigo y cuando lloraba ella me calmaba diciendo “¿Qué pasa chica?”

Gracias “Meye” por tu tiempo, tu paciencia y por cuidarme con mucho cariño.

MaFe

El regreso de Mafe al mundo virtual

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Mafe ríe, grita, camina. Mafe llora, hace pataletas y dos minutos después pide su biberón. Mafe pide mimos, llama a papá y señala a Rambito, la mascota de la casa. Luego empieza a hojear revistas, coquetea a los tipos atractivos que ve en sus páginas y lanza otro grito cuando ve la imagen de Barney. Mafe tiene más energía que los motores de un cohete espacial y se mueve sin parar durante, por lo menos, tres horas seguidas. Cuando uno menos piensa la ve agarrando a su “gusano cantor” y dos minutos después está explorando en la cocina y tomando con sus manos lo que encuentra a su paso. “¡Mafe, ya!”, le decimos pero ella parece asumir que le hablamos al gato y sigue con su exploración. Mafe es una bala.

A sus 16 meses Mafe aprendió a caminar. Ocurrio el 7 de febrero a las 4:04 p.m. Fueron unos cuantos pasos -de un extremo a otro de la sala- pero los suficientes para empezar una nueva etapa en su vida. Justo una semana después de haber ingresado a la Guardería Alitas, en Lima.

Pero lo de la guardería si fue todo un proceso. Bastaba con mencionarle a Mafe que iría a jugar con los demás niños en la guardería para que de sus ojos se desprendieran algunas lagrimitas. La misma historia se repitió por varios días.

Ahora, en cambio, sucede todo lo contrario. Cómo es la vida. Ahora su madre la lleva muy temprano al nido, las niñas del lugar la reciben, ella se queda feliz jugando con los otros niños, escuchando su música preferida, comiendo su mediamañana, tomando su biberón y haciendo la siesta. Y unas horas después, cuando su madre aparece en la puerta para llevarla de nuevo a casa, Mafe parece no querer salir del lugar y busca algún pasillo, como queriendo volarse.

Al fin llega a su casa, juega, juega y juega, escucha música, baila, llama a papá, señala al gato, busca a mamá y le pide que la cargue y otra vez, agotada por la larga jornada, cae rendida en un sueño profundo. Y así hasta el otro día.

¡Cómo te amamos, Mafe!

Los 16 meses de Mafe

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Por diversos motivos dejamos olvidado el blog de MaFe, nunca faltaron las ganas, pero sí el tiempo.
Desde aquellos 11 meses de MaFe han ocurrido muchas cosas nuevas para ella y para nosotros: la semana pasada MaFe aprendió a caminar, asiste a la guardería y tiene una mascota llamada Rambito.

Esperamos alimentar este espacio más seguido para mantener al tanto a los amigos y la familia en la distancia.
Rafa & Cris

11 meses para celebrar, aunque lejos de MaFe

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Mi preciosa niña, mi bebé linda, hermosa, dulce. Hoy cumpliste los primeros 11 meses y queda poco para que celebremos tu primer añito. Para nosotros es una gran felicidad que estés con nosotros, nos llenas de orgullo y deseos para ser el mejor ejemplo para tu vida. Aunque, hay que decirlo, la felicidad no es completa. Los últimos 20 días me ha tocado verte crecer desde la distancia. Digamos que a través de Facebook, el mns y Skype y eso me pone muy triste. Digamos que desde hace tal vez un mes, para ser exactos, me he imaginado viéndote crecer a partir de las cosas que tu mamá me cuenta, mientras tú disfrutas con los juguetes y ves los programas infantiles que tanto te gustan. No hace mucho comenzaste a decir mamá y a extrañarla cuando no está contigo. No hace mucho te comenzaron a salir los dientecitos de arriba y ya dejaste de ser el vampirito que yo tanto disfrutaba. No hace mucho que comenzaste a llevarte la comida a la boca con tus propias manitos. Y yo no estuve presente, no estuve para ver tus avances. Apenas los pude escuchar y escasamente pude verte través de una diminuta camarita.

Digamos que es una sensación muy difícil de entender, porque una cosa es decir que ustedes están lejos y otra cosa es sentir que están lejos, que no les puedo dar un beso, que no las puedo abrazar, sentir, que no te puedo cargar y darte el biberón y hasta trasnocharme cuando no te quieres dormir (aunque eso ya no pasa desde que estoy lejos, me ha dicho tu mamá).

Pero no me puedo ahogar entre lamentos y tristezas. Por fortuna sé que tú aún no te percatas de mi ausencia (eso creo) y que todo sigue normal. Que más temprano que tarde volveremos a estar juntos los tres, para jugar, para llorar, para reír y para seguir siendo felices. El tiempo pasará rápido y ya estaremos juntos de nuevo. Mientras tanto te mando mil besos y dos mil abrazos y otros mil besos y dos mil abrazos para tu mamá.

¿Cómo es cumplir nueve meses?

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La verdad, nadie lo recuerda. Nadie, que yo sepa, tiene siquiera un recuerdo de sus primeros meses. A lo mucho sensaciones, dicen los expertos. Aunque para nuestra fortuna y la de nuestros hijos, existe la memoria de nuestros padres, abuelos, tios y amigos que nos ven crecer. Gracias a ellos recordamos lo que éramos cuando apenas teníamos algunos meses.

MaFe ya ha cumplido nueve meses y ahora gatea con más impulso, mueve sus manos en señal de saludo, se rebela cuando algo no le gusta y observa con más impulso el mundo. Le sonríe a sus padres, a sus tíos y a todo aquel que le caiga en gracia. Incluso a los desconocidos que se cruzan por la calle. Siempre suele tener una sonrisa. Pero sé que de todo eso tal vez no recuerde mucho, aunque aseguro que cuando sea grande y vea las fotos que le tomabamos, comenzará a reír y sentirá mucha felicidad de verse tan pequeña. Es por ese momento que captamos algunas imágenes de sus nueve meses.

Mafis 8

Estrenando su juguete nuevo. Muy sonriente y feliz

Mafis 1

Sorprendida al lado de su madre mientras gatea por toda la casa

Mafis 2

A la hora de la cuna no hace muy buena cara que digamos, pero se acostumbra a mirar por entre las rejillas

Mafis 3

"Buenas noches señora mariposa", saluda a su fiel amiga

Mafis 4

Un fin de semana de mucha lectura

Mafis 5

Una aventura por la casa

Mafis 6

Sorprendida de que le tomen tantas fotos

Mafis 7

Preparada para salir en estos días de invierno limeño

MAfis 9

Cuando sus padres la llevan donde sus amigos MaFe también aprovecha para gatear en alfombras ajenas