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La importancia de la historia familiar
Luego de la sorpresa y la felicidad por saber que Rafa y yo seríamos papás, sobrevino la pregunta que ha sido permanente a lo largo mi vida: ¿Y si me pasara lo mismo que a mi papá? Para aquellos que no conocen esa historia se las cuento brevemente: en el año 1975 mi papá enfermó de cáncer y sólo pudimos estar juntos por 23 días, pues su enfermedad estaba bastante avanzada cuando la detectaron. Yo vine al mundo el 9 de noviembre y él se fue de este mundo el 5 de diciembre. Es lógico que me preocupe que Rambito no pase por lo mismo. Claro, la vida a pesar de esas penas me ha dado cosas maravillosas y ahora que nuestro bebito está en camino, me doy cuenta de lo importante que es prevenir las enfermedades. La salud de los padres ya no es sólo de ellos sino también de sus hijos.
Hace unos días conversando con unas amigas biblio, entre juguitos y empanadas, surgió el tema de la historia familiar y la salud, de la extrema reserva que solían tener nuestros padres y/o abuelos al comentar las enfermedades de los parientes y del avance de la medicina hoy en día que trata no sólo las enfermedades tradicionales ¿alguien había escuchado alguna vez de enfermedades como fibromialgia neurálgica?, al menos yo no. Según me cuentan, la fibromialgia es un síndrome relativamente nuevo, clasificado por la Organización Mundial de la Salud en 1992, relacionado con el estrés, la ansiedad y la angustia, que se manifiesta a la larga en tremendos dolores por todo el cuerpo y con especial intensidad en ciertos puntos y puede ser confundida con dolencias como artritis, artrosis o reumatismo.
Por ello quiero compartir con ustedes información básica sobre la salud familiar obtenida de las páginas del Centers for Desease Control and Prevention y MedlinePlus que espero les sea de utilidad. Hacer click aquí
Add comment Junio 1, 2008
Nuestro consejo para Rambito: ¡Por favor, no veas los Teletubis!
El periodista colombiano Eduardo Arias le explica a Rambito las Razones para no ver este programa infantil que destruye la creatividad de los pequeños y acaba con el genio de los grandes. Los papás de Rambito solo esperamos que el niño tenga en cuenta esas recomendaciones o que, en el mejor de los casos, cuando Rambito quiera ver televisión éste ya no exista. Rambito, atiende nuestro consejo: ¡NO A LOS TELETUBIS..!
1 comment Abril 29, 2008
Le va la madre a los Teletubis
Ante todo debo confesar que llevo como dos años esperando este momento, no quiero desperdiciarlo y sé que estoy condenado a desperdiciarlo.
Por: EDUARDO ARIAS
Porque si algo aberrante ha viajado por el cosmos a través de las ondas del espectro electromagnético, y quiero denunciarlo, son los teletubis (teletubbies). A su lado, los rayos gamma y los rayos cósmicos son una delicada caricia. ¿Cómo calificar de manera adecuada esta
aberración que toma por sorpresa a los niños y los vuelve adictos a semejante depravación? ¿Cómo denunciarla sin caer en una enumeración de adjetivos? ¿Cómo darle paso a una argumentación inteligente si de solo oír el nombre teletubis se me sube la sangre a la cabeza?
La madre a los teletubis. ¡Cómo se frotan, cómo se abrazan esos cuerpos rechonchos de peluche, esa repulsiva cara, qué tal esas pantallas de video en sus asquerosas panzas!
¿Por dónde empezar? ¿Cómo encarar este momento? Bueno, si Franco Baresi y Roberto Baggio desperdiciaron sendos lanzamientos desde el punto penal en la final de USA94, pues yo también me arriesgo a desperdiciar el mío.
Enumeremos: la música de organeta, esos conejos o liebres o lo que sea que pastan indolentes en prados de mentira con colinas falsas de toda falsedad que imitan uno de los escenarios más detestables del planeta que es el green de una cancha de golf.
El hogar mismo de los teletubis que muy seguramente inspiró al repugnante poblado de los hobbits en la trilogía cinematográfica de El señor de los anillos. Y todo lo que pasa allí adentro. La corredera cretina y descerebrada de un lado a otro de los teletubis, sus risas de pederasta, la tubipapilla, el hablado a media lengua que viola todos los avances realizados tras largas décadas de esfuerzo en el tema de la educación infantil, el sirirí dantesco del ‘otabvedz’ y ‘abdaszo’, la presencia de ese robot-aspiradora de cuyo nombre no quiero acordarme…
Pero lo peor es lo que ocurre afuera. Difícil escoger entre ese repugnante sol con rostro de bebé y el momento en el cual un ringlete o molino pone en contacto a los teletubis con ‘el mundo exterior’. En ese momento los cuatro peluches infames entran en un trance orgásmico que parece sacado de un especial sobre la reproducción de las babosas y en el ‘televisor-vientre’ de uno de los cuatros aparece cualquiera de los aberrantes videos de niños granjeros, de niños en el parque, de niños en el carro del abuelo, de niños que hablan a media lengua mientras muestran un juguete anodino, un ganso, un tractor. Es tal el sadismo del director de los teletubis que esos videos de mala muerte se repiten dos, hasta tres veces.
Como se repiten dos y tres veces las idioteces del libreto.
(VOZ EN OFF): “Lala quiere tubipapilla”.
(LALA, A MEDIA LENGUA): “Lala qdede tubipapidda”.
Y dale con la risita depravada. De eso se trata. De mortificar, como en la peor de las torturas chinas, a punta de ‘ota vbedz, ota vbedz’. Ah, y el periscopio rematado por una ducha que les anuncia a los teletubis ‘hora de la tubi-despedida’, Porque la despedida es una de las peores torturas del asunto. El teletubi se despide, se lanza a un hueco y vuelve y sale y vuelve y se despide.
En teletubis todo, absolutamente todo es una verdadera pesadilla. Una abominación. Un atentado contra la inteligencia. Contra la estética. Y lo que es más grave, una agresión vedada y repulsiva contra sus principales víctimas: los niños, que sucumben y se les entregan como moscas frente a un pegote de miel en una orgía de idiotez y depravación sexual camuflada que viola el Derecho Internacional Humanitario, la Convención de Ginebra, la Convención de Viena, todas…
La madre a los que se inventaron los teletubis. Y sí, ya sé, mi disparo salió como dos metros por encima del travesaño.
Add comment Abril 29, 2008
El bebé y los gases…
Por DANIEL SAMPER PIZANO
Acaba de publicarse en España (Editorial Espasa) el libro ‘Parapapá’, formidable tratado de pediatría pensado para ayudar a los padres, cuyos autores somos el doctor Jorge Maronna, miembro de ‘Les Luthiers’, y quien firma esta columna. Es la cuarta obra que publicamos con Maronna y, modestia aparte, la consideramos indispensable para los papás, que nunca recibieron la preparación para criar hijos que se da a las madres. Transcribo el capítulo correspondiente a “El bebé y los gases”. DSP.
Básicamente, los bebés son máquinas de soltar gases.
El día que alguna empresa imaginativa descubra el tesoro energético que encierran los gases del bebé, estos empezarán a competir con la producción de energía hidráulica, térmica y nuclear. Ciertamente, los gases de un solo bebé no podrían desplazar un barco de papel. Pero los de millones de bebés, debidamente conducidos y reunidos, serán capaces de mover trasatlánticos, mantener en combustión los altos hornos de acerías, e iluminar ciudades.
Investigaciones descritas por el romano Tulius Flátulus en su tratado De ‘expansionis pueri tripae’, y confirmadas en el siglo XIX por el fisiólogo noruego Peer Petersen, demuestran que el bebé expele en masa de gases 2,6 veces la comida ingerida. Significa ello que si un bebé consume 100 gramos de papilla en una comida, producirá 260 gramos de gases.
En términos generales, los bebés expulsan los gases de dos maneras:
a)Por arriba.
b)Por abajo.
Los de arriba reciben con orgullo la denominación de “gases superiores” o “nobles”, mientras los otros esperan impacientes su oportunidad de ascender en la escala anatómico- social.
Es importante que los papás ayuden al bebé a liberarse de los gases que, según el francés Pierre Gastón Degás, hermano del célebre pintor, constituyen el 86 por ciento de su cuerpo. Se trata de una típica labor paterna, pues, como antiguos bebés que también son, los padres disfrutan muchísimo con los simpáticos gases de sus bebés, y algunos papás incluso compiten con los niños en la gástrica tarea. No siempre ganan los papás, debemos decirlo, pues los bebés nacen cada vez más corpulentos y fornidos: ¡hay cada pedazo de bebé!
El papá debe insistir en que el bebé ingiera pocos alimentos gasificantes. Conviene recordar el episodio que ocurrió al pequeño huérfano vasco Iván Iñaki Zubizarreta Goñi, de Gastéiz, que, a falta de leche materna, fue alimentado durante dos meses con una dieta a base de fríjoles y coles. El 22 de noviembre de 2004, a las 8:40, mientras el pequeño dormía, un poderoso cuesco lo elevó de su cuna y lo propulsó por los cielos con formidable rapidez. Sonriendo, y sin haberse enterado de su imprevisto viaje, el bebé despertó minutos después muy lejos de su ciudad. Los periódicos informaron que el pequeño, “impulsado por los vientos”, había aterrizado “en los alrededores de Bilbao”, aunque en realidad los testigos mencionaban “un vil vaho alrededor”.
Para ayudar a que el bebé expela los gases, basta con alzarlo durante dos o tres horas, preferiblemente en la madrugada, y pasearlo por la habitación mientras se le canturrean tonterías en voz baja. El bebé tiene un particular sentido del humor estomacal y cuando el padre, trasnochado y exhausto, quiere que expulse sus ventosidades, se niega a obedecer. En cambio, adora hacerlo de manera estentórea en un ascensor repleto, durante la visita del señor obispo o el examen del pediatra, término que, paradójicamente, no tiene relación alguna con el tema que nos ocupa.
Las inesperadas explosiones, sin embargo, son celebradas por los adultos con jubilosas muestras de diversión. Estimulado por los aplausos y festejos a su expresividad eólica, el bebé prosigue eructando y peyendo con entusiasmo y ostentación, hasta que, cierto día, estas manifestaciones que antes concitaban la risa general reciben como respuesta un regaño o, incluso, el castigo de una palmada que le produce llanto. Se trata, entonces, del clásico efecto del gas lacrimógeno.
En ese punto el bebé sabe que ha dejado de ser bebé, y deberá esperar hasta tener su propio hijo para volver a divertirse con una función corporal que, viéndola bien -y, aún más, oyéndola-, resulta graciosísima. Es el clásico efecto del gas hilarante.
FUENTE: Daniel Samper Pizano http://www.danielsamperpizano.com/category/postre/ del 25.04.2008
Add comment Abril 25, 2008


