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Cubriendo el nacimiento de mi hija

Hoy es un buen día para que nazca María Fernanda, dijo Cristina al mediodía del viernes 10 de octubre mientras organizaba los últimos detalles de la maleta que llevaríamos a la clínica. Pero no pensó que unas horas después todo se desencadenaría y terminaría tanta espera.
Era uno de esos pocos días en los que salía el sol en Lima, una capital que permanece con el cielo gris durante buena parte del año, a excepción de ese viernes. Hasta esa misma noche fue estrellada y la inmensa luna que se dejó ver en el horizonte después de las siete, no dejó de brillar. ¿Era acaso el presagio de un gran acontecimiento en nuestras vidas?
Hasta el medio día yo me encontraba en la casa y la ansiedad de que el parto podría comenzar en cualquier momento ya había disminuido un poco. Hacía casi una semana que el ginecólogo, el doctor José Pimentel Ibarra, había dicho que en cualquier momento la bebé podría nacer. Eso fue el jueves 2 de octubre y desde entonces una tensa espera siempre nos acompañó, y cualquier dolor que Cristina sentía parecía ser la señal de inicio del parto.
A la una y veinte de la tarde Cristina sentía unos “ricos” dolores. A ratos acariciaba su barriga, llamaba a su hija y comenzaba a sentir unos fuertes dolores que la hacían retorcer hasta que se ponía en cuclillas. Una pesadez, “como si se te enfriara el vientre, como los cólicos menstruales”, me dijo y yo quedé en las mismas porque ¿cómo sé yo lo que se siente tener cólicos menstruales? Así había estado durante muchos días y yo no tenía más remedio que apretar su mano y tratar de tranquilizarla. Eran los últimos dolores del embarazo, ya lo sabíamos. “Vamos a ser papás”, habíamos repetido una y otra vez durante todo este tiempo. ¡Quién lo creyera!
El inicio
Salí de la casa antes de las dos de la tarde y esperaba a que el celular sonara en cualquier momento. Lima era una ciudad alegre por el sol brillante de la tarde y el inicio del fin de semana. El sur también parecía más vivo y el desierto menos seco, menos intenso y también más alegre. El pueblo de Chilca me esperaba, un trabajo de campo me esperaba. Todo siguió su transcurso normal hasta que el celular sonó a las cuatro y cuarenta de la tarde. Era Cristina y me avisaba que ya estaba en la clínica, que ya tenía un centímetro de dilatación y que estaba bien, “que todo estaba bajo control”. La película comenzaba a rodar en ese instante, al menos para mí.
A 64 kilómetros de Lima uno no puede hacer mucho, sólo tener paciencia y esperar, llamar a unos cuantos amigos y contar con suerte para que respondan de inmediato. Ese era el plan: avisarles apenas el proceso de parto hubiera comenzado, pues nadie quería perderse cada detalle del nacimiento de María Fernanda. Ya habían leído parte de su historia en su blog (www.yosoyrambito.wordpress.com), le habían organizado dos baby shower y su nacimiento no podría ser la excepción. Tenía una larga lista de teléfonos pero como salí a las carreras de la casa, la había olvidado.
Así comenzó todo
Cristina narraría horas después que estaba en la casa a eso de las cuatro de la tarde, y antes de que pudiera prender el computador, sintió que un intenso flujo bajaba por su cuerpo, aunque no le sorprendió porque no tenía ningún dolor. De inmediato llamó al médico pero como no pudo comunicarse con él, pues se encontraba atendiendo una emergencia, empacó sus maletas, tomó un taxi y salió directo a la Clínica Stella Maris, que se encuentra en el Distrito de Pueblo Libre, cerca al centro de Lima.

Pero que vaya y venga la realidad de estos países, lo que más importaba en ese momento era que cada detalle saliera perfecto, que la dilatación fuera normal y el parto natural. El mundo que se caiga, pero que MaFe naciera bien y su madre no sufriera mucho. Ya lo demás es otro cuento que ella conocerá cuando tenga uso de razón. Por ahora la noticia era su nacimiento y no había nada que opacara su atención.
Aprendiendo a ser padre
Nueve meses esperando este momento y uno no sabe cómo va a ser, cómo reaccionar ante una situación que parece límite. Nueve meses esperando este instante y preparándonos para lo que viene, y al final uno sigue aprendiendo cada segundo a ser padre. Nueve meses recibiendo recomendaciones, halagos, felicitaciones y escribiendo constantemente en su blog todos los avances del embarazo y estimulando la curiosidad de amigos y familiares. Y al final uno no sabe ni qué hacer ni cómo comportarse al momento del parto; y todo queda atrás porque lo que más vale es ese momento, ese instante en que puedes ver el rostro de esa niña que construimos primero en nuestras mentes y después en un blog, en nuestro caso; esa niña que unas pocas horas después estaría llorando y preguntándose: ¿En qué mundo estoy? ¿Quiénes son ustedes? ¿Por qué me sacaron de donde estaba si seguía tranquila?
Eran las siete de la noche y yo entraba apurado a la Clínica, pregunté por Cristina en el segundo piso y cinco minutos más tarde la encontré recostada, con ese traje de cirugía que tienen todos los pacientes, y conectada a varias maquinas. Se le notaba tranquila y feliz, preparada para el momento decisivo y para, de una vez por todas, cargar en sus brazos a su hija. Sonreía y, con la confianza que le caracteriza, me dijo que todo marchaba bien, que estaba en tres de dilatación, que le estaban acelerando las contracciones mientras monitoreaban los latidos del corazón de la niña. Todo normal hasta que le agarraban los fuertes dolores de las contracciones, con sus dientes apretaba su blusa gris como para hacer el dolor más llevadero, y se retorcía de un lado para otro. Minutos después le aplicaron la inyección epidural porque los dolores eran insoportables, y yo preferí salir de la sala para no verla sufrir.
El tiempo parecía volverse más lento mientras yo caminaba por los pasillos de la clínica. Al rato llegaron varios amigos de Cris y Javier, su sobrino, y yo sentí más compañía pero no sabía lo que pasaba allí adentro.
Sin embargo, una cosa sí tenía clara: que horas después iba a ingresar a la sala de partos y que estaría en el momento preciso en el que naciera María Fernanda. Lo había decidido a pesar de mi temor a la sangre y al miedo que siempre me han producido los hospitales. No sabría cómo me comportaría al ver a Cristina casi partiéndose en dos y yo sin poder hacer nada, ver tal vez una cesárea y yo tratando de desaparecer en ese momento…
Enfrentando los temores
Debo confesar que ése es un instante difícil. Y lo digo porque muchos padres aunque quisieran ver nacer a sus hijos, en el último segundo se arrepienten y prefieren sufrir desde la sala de espera, sin saber qué le hacen a sus esposas o novias allí adentro. Yo lo decidí casi al final y también quería grabar el parto. No sé cómo lo haría, si tendría el permiso, si iba a vulnerar la privacidad de Cristina o si la tembladera de mis manos me lo permitiría. Ese era mi reto, pero más allá de todo, quería disfrutar aquel momento y compartirlo al máximo con ella y la niña. Yo creo que salí bien librado y ante todo muy feliz.
Uno de los riesgos era que todo se complicara y tuvieran que trasladar a Cristina a una sala de urgencias para practicarle una cesárea. En ese caso yo no podría asistir porque sería una cirugía de riesgo y allí no está permitido el ingreso de otras personas diferentes a los médicos de la clínica. Eso hubiese podido pasar porque hasta último momento no fue seguro que MaFe naciera por parto natural. Durante casi todo el embarazo la bebé estuvo de pie y si al final seguía así, los médicos no correrían el riesgo de que naciera por vía vaginal. Por suerte, pocos días antes la bebé había tomado posición y ya se preparaba para salir. Tal vez escuchó las súplicas de sus padres, amigos y de toda la familia; tal vez porque así son las cosas del destino, o qué sé yo. Pero todo parecía marchar bien. Sin embargo no todo estaba seguro.
A media hora del final
Haciendo cuentas, el doctor Pimentel aseguraba que el avance de la dilatación es de un centímetro por cada hora, por lo que estábamos casi seguros de que la bebé podría nacer entre las tres y las cinco de la mañana del sábado. Pero cuando la enfermera salió de la sala de dilatación y me dijo que en 30 minutos ingresarían con Cristina a la sala de partos, yo me quedé frío. No recuerdo ni qué sentí, si miedo o emoción, pero sabía que ya todo estaba cerca y que después de eso ya nada sería tan difícil como ese momento. Por eso esperé “pacientemente” esos 30 minutos que se volvieron 20, mientras preparaba mi ingreso a la sala de partos.
Eran las 11 y 34 de la noche y yo estaba a pocos minutos de ingresar a la sala de partos sin saber qué podría hacer ahí: ¿tomar fotos?, ¿inmiscuirme en los procedimientos del médico y de las enfermeras mientras Cristina padecía esos fuertes dolores que uno ni se imagina?, ¿o estar feliz porque iba a recibir a la bebé? Minutos después lo sabría.
Momento decisivo
Así comenzó todo cuando el reloj marcaba las doce y algo: La enfermera abrió la puerta de la sala de partos y señaló el traje que me debía poner, un camisón y unos pantalones gigantes de color azul, unos zapatos de tela que cubrían mis zapatos, un gorro para cubrir mi cabeza y un tapabocas. Del afán que tenía la camisa se enredó en la tira de mi cámara y casi me toca vestirme de nuevo, mientras escuchaba a Cristina quejarse en el fondo de la habitación.
Segundos después ya estaba en la sala junto con el médico, un neonatólogo y dos enfermeras. El doctor observaba cada detalle del canal y le decía a Cristina que pujara con más fuerza apenas le diera la orden; una de las enfermeras preparaba los instrumentos quirúrgicos y un desinfectante que le pasaba al médico como si fueran litros de Coca cola; la otra apretaba con fuerza su barriga y el neonatólogo observaba el momento en el que saliera la bebé. Yo, mientras tanto, agarraba su mano derecha e iba filmando con la otra mientras le daba ánimo para que siguiera pujando.
“Vamos peruana, puja más que ya casi”, dijo el doctor mientras hacía, allí abajo, los malabares que uno no alcanza a imaginar y se preparaba para recibir a la bebé. Cada segundo que pasaba, el estrés aumentaba en la sala y parecía que la niña no quería salir. A cada instante los dolores se hacían más insoportables para Cristina hasta que lanzó un gritó fulminante de ¡no puedo más! y el médico agarró en sus manos una “cosita” blanca, le dio tres vueltas y entonces supimos que MaFe había nacido.
No tuvimos más palabras para decirle a nuestra hija que “hola mi vida”, y de inmediato comenzó a llorar sin consuelo. MaFe llegó a este mundo a las 12 y 31 minutos de la madrugada del sábado 11 de octubre, después de una media hora de muchos pujos y dolores.
María Fernanda era como la habíamos visto veinte días atrás en su última ecografía. Con su nariz achatada como la de su abuela materna, los ojos grandes de sus padres y un rostro que todos dicen, es de “los Mayo”. Nació pesando 3,260 gramos y midiendo 48 centímetros. Además lloró y lloró toda la noche porque su madre no la pudo alimentar desde un principio.
El final de una historia
Mientras escribo esta historia han pasado casi dos semanas desde el nacimiento de María Fernanda. Ahora duerme plácidamente, se alimenta de su madre y sólo despierta cada tres horas para alimentarse o para que le cambiemos el pañal. Aún continuamos adaptándonos a ella y ella a nosotros. De repente abre los ojos, mira a su alrededor, escucha los sonidos de la radio y la televisión y sigue con su vida de recién nacida. A veces llora desconsolada porque sabe que ésa es la manera más eficaz de recibir la atención inmediata de sus padres. Desde su nacimiento ha aumentado 400 gramos y ha crecido cinco centímetros, pocas cosas le perturban y disfruta del baño diario. No sabemos cómo serán los siguientes días, cada día es un aprendizaje nuevo y llega lleno de sorpresas. De lo que sí estamos seguros es que esa ratoncita que duerme a un lado de nuestra cama nos hace inmensamente felices y nos motiva a seguir buscando lo mejor para ella.
Esta historia, por lo menos, llega a su final pero la nuestra y la de María Fernanda apenas comienza y esperamos que se perpetúe en el tiempo.
5 comments Octubre 25, 2008